Honorino Landa: una historia futbolística de estilo, deleite y elegancia

El “Nino “cómo lo apodaban sus más cercanos era un tipo siempre feliz y carismático, con personalidad. Que supo desde muy chico demostrarle a sus pares el “ímpetu” que traía, su estilo y el respeto que generaba, que al final de cuentas siempre fue con “elengancia y felicidad” hacia él y su entorno, una identidad que canalizaría como jugador.

Su primer y único amor: La Pelota

Landa nació el 1 de junio de 1940 en Puerto Natales, hijo de Javier Landa, un ferretero español que llegó a Chile, y Honoria Vera. Fue el menor de una familia compuesta por sus hermanos Javier y Félix. Se trasladó con su familia a Santiago, a causa de una úlcera péptica que afectaba a su padre, mudándose con su familia a la comuna de La Cisterna, donde se inició como arquero en el club de barrio “Rajadiablos” de su comuna.

Sus estudios los hizo en el Liceo de Hombres de San Bernardo y posteriormente en el Colegio Hispano Americano, donde vivía. Ahí empezó a entender lo que la vida le tenía preparado. Nino fue un pacto de amor con la pelota de fútbol, se divertía muchísimo con una pelota de plástico, papel o material que encontraba y arreglaba para jugar en el patio del colegio. No muy distinto a lo que hacían todos sus compañeros y chicos de su edad. Entre rezos, curas y profesores no demoraron en darse cuenta de que este joven tenía algo especial para el fútbol. Apenas acabó las humanidades lo llevaron a Unión Española y no defraudo a ninguno de sus curas ni santos en el cielo.

 

Un fuera de serie

Pasó a la cuarta especial de Unión Española en 1959. Un equipo que fue bautizada cómo, “la ametralladora roja”. Se tituló campeón con 12 puntos de ventaja sobre el segundo, y su goleador era Honorino Landa. Unos meses después, el “crack juvenil” hace su debut.  En mayo de 1960 hizo su debut oficial con sólo 20 años, llevando la “10” en la espalda y cargando la responsabilidad de llegar con la chapa “del mejor” de las divisiones inferiores hispanas. Y no defraudó.

En su estreno por la primera división en Rancagua, simplemente fue el mejor. Convirtió tres goles y le cometieron un penal en el triunfo ante O’Higgins.

Fue ahí donde el nombre del “Nino” se volvería deleite y espectáculo asegurado de fin de semanas. Su hermano Félix, también ex jugador, describió a Landa explicando que “hay tres clases de futbolistas: el rápido, el hábil y el inteligente. Nino tenía las tres características: muy rápido, muy hábil y muy inteligente. Por eso yo digo que es lejos el jugador más dotado que ha tenido el fútbol chileno”.

Un año después, logró proclamarse goleador del campeonato de Primera División de 1961 con 24 goles, empatado con Carlos Campos de la Universidad de Chile.​

Tras esto, Fernando Riera, entrenador de la selección chilena, no tuvo dudas: Landa llevaría la número 9 en el Mundial del 62’.

Al más puro juvenil y bailable por la banda “Los Ramblers” que se vivía en la época es que el “Nino” no se achicó. Fue el futbolista más joven de la nómina chilena y dio el puntapié inicial al mundial de 1962 celebrado en nuestro país. Comandando el ataque chileno con clase, regates y amagues, pero no pudo convertir goles.

 

Un juego llamativo

Landa siguió luchando y haciendo lo que más le gustaba hacer, jugar al fútbol, pero no cualquier fútbol. Era el fútbol de espectáculo y velocidad que encandilaba a las fans y que tuvo consecuencias, como la del teléfono de su casa, que debió desconectarse desde el Mundial del 62’, porque había mujeres que llamaban a Nino todo el día para ofrecerle citas con romance incluido, mientras se llenaban bolsas con cartas de fans que le confesaban su amor eterno.

Lucía Montenegro, una de sus secretarias en el libro “Nuevas cosas del fútbol”, publicado el año 2002, deslizó esta cita icónica:“ En mi pieza tenía afiches de Honorino Landa. Iba con mis amigas al estadio nada más que para verlo. A otras les gustaba Fouillioux, pero a mí no; muy blancuchento. Landa era de comérselo”.

 

Felicidad y clase, ante todo

Luego, el talento de “Nino” se repartió en diversos clubes: Green Cross, Huachipato, La Serena, Magallanes, Aviación y Unión Española. Anotó casi 200 goles en partidos oficiales del campeonato local, pero quedó en deuda en dos Copas del Mundo, Chile 1962 e Inglaterra 1966, en las que no llegó a los abrazos de gol.

Abandonó el fútbol en 1975. Jamás se fue de la pelota. Hizo el curso de entrenador y trabajó con sus hermanos en un criadero de pollos que apodaron “Navarra”, en homenaje a la región desde donde llegó su padre a Chile. Pudo cumplir el sueño de ser el técnico en la cantera hispana, y cómo no, del primer equipo de su amado club, Unión Española. Vida cumplida.

En 1986 llegó su punto final, pero siempre a su estilo. Le diagnosticaron un cáncer contra el que luchó por 7 meses, pero no pudo sobrevivir. Sin embargo, haciendo honor a su leyenda, le puso el pecho a las balas y guapeó. Tendido en una cama del hospital Barros Luco, Honorino Landa murió el 30 de mayo de 1987 a las cinco de la tarde en punto, a la misma hora que se dio el puntapié inicial para el Mundial de 1962. Al más puro sello del “Nino”, que hasta sus ultimo días pudo deleitar espectáculo y estilo.

Author: Alejandro Valdivielso

Periodista titulado UDD 2019. Columnista Arenga del Abuelo y Universo Deportivo.